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Durante el primer mandato de Trump muchos columnistas resaltamos la deriva que podía tomar una retórica de “América primero”. Esta postura nacionalista priorizó los intereses estadounidenses sobre la cooperación internacional, sin que cesarán las críticas y las acciones contra los acuerdos comerciales, organizaciones multilaterales y las políticas de inmigración.
“Nosotros” los estadounidenses frente a “ellos” los extranjeros, inmigrantes, competidores, permitió posturas proteccionistas, que impusieron aranceles a productos importados de China, Europa y otros países, retiró a Estados Unidos del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica y renegoció el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, que pasó a llamarse Acuerdo Estados Unidos, México y Canadá T-MEC. La postura de “América primero”, entre otras acciones, significó el retiro del Acuerdo de París sobre el cambio climático y del acuerdo nuclear con Irán y trasladó la embajada de americana en Israel de Tel Aviv a Jerusalén.
En materia migratoria implementó una política de “tolerancia cero” en la frontera con México que, sin consideración alguna, resultó en la separación de familias migrantes, además de impulsar la construcción de su famoso y simbólico muro fronterizo y restringió las posibilidades de viaje a ciudadanos de varios países de mayoría musulmana. A los países centroamericanos los forzó a implementar “Acuerdos de Cooperación de Asilo”.
A nivel interno, algo más tímido, tal vez por los contrapesos políticos que enfrentaba, promulgó recortes de impuestos en especial para las empresas y los individuos de altos ingresos, logró consolidar una mayoría en la Corte Suprema forzando el nombramiento de tres jueces conservadores y eliminó programas federales de diversidad, equidad, inclusión y accesibilidad.
Sin embargo, el Trump 2.0, en menos de 90 días, además de volver a amedrentar a aliados y competidores con su proteccionismo arancelario, con su política aislacionista, con la deportación de migrantes sin debidos procedimientos y con su impulso a las energías fósiles, también hostiga a los estadounidenses.
Reinterpretando cómo debe ser la democracia americana, no escatima en hostigar las posibilidades de que su gente se queje y mucho menos se oponga. Deporta masivamente a ciudadanos americanos hijos de inmigrantes indocumentados a los que se revocó la ciudadanía por nacimiento, despide -también de forma masiva- a funcionarios públicos con fundamento en las directrices de Elon Musk, restringe el acceso a la Associated Press, excluye a los principales medios de comunicación de la Casa Blanca, presiona a las universidades por considerarlas semilleros de activismo woke, que llevaron a Columbia -la que creíamos una academia autónoma- a revisar sus procedimientos disciplinarios y programas de estudios regionales, empezando por los de Oriente Medio. Y las decisiones judiciales que han tratado de frenar la arremetida, son catalogadas como casos de injerencia en el ejecutivo y se llama abiertamente a la destitución de los jueces.
Nos preguntamos cuánto tiempo pasará para que los americanos, que volvieron a elegirlo, entiendan que lo que amenaza los pilares de su democracia, sus derechos y libertades y su forma de vida, no son los comunistas, los fundamentalistas islámicos, ni “ellos”. La amenaza es el “nosotros” de la “América Primero”.