TRIBUNA UNIVERSITARIA 02/04/2025

Ni hijos, ni relevo, ni futuro

Jerome Sanabria
Estudiante

La idea de envejecer nunca me había asustado tanto como ahora. Aunque me faltan muchos años, desde ya intuyo que la crisis de una Colombia envejecida no será solo económica, sino también social.

La caída en la natalidad es una tendencia mundial, pero Colombia está sufriendo una epidemia de envejecimiento super acelerado. Según el Dane, por primera vez desde que se tiene registro, los nacimientos cayeron por debajo de 500.000 al año, con una reducción de 32,7% en la última década.

Antes, el aliciente era que algunos departamentos compensaban la caída, pero por segundo año consecutivo, la disminución es generalizada.

He escrito sobre las consecuencias de convertirnos en un país envejecido: un sistema pensional y de salud colapsado, una creciente deuda intergeneracional, falta de mano de obra, bajo crecimiento económico, innovación en rines, entre otras. Nuevamente me pregunto: ¿por qué la gente ya no tiene hijos como antes?

Conversando con amigas de mi edad, muchas mencionan el alto costo de criarlos o el impacto en sus proyectos personales, lo que pueden ser razones más simples. Más de fondo puede ser la expectativa de progreso. Creemos que antes de tener hijos debemos alcanzar estabilidad económica, pero como esa meta es incierta, esperar “el momento ideal” para tener hijos puede que nunca llegue.

Hans Rosling, médico y estadístico sueco, explicaba que la natalidad baja cuando mejora la calidad de vida. Antes, los hijos eran un seguro para la vejez; hoy, con más desarrollo y oportunidades, esa necesidad desapareció. Para él, la baja natalidad es una consecuencia del desarrollo.

Pero veamos el verdadero factor determinante: la cultura. El progresismo ha promovido la idea de que tener hijos es una carga. Desde Marx se plantea la abolición de la familia por considerarla una “estructura opresora”. Lo que hay detrás de ese discurso es una completa aversión a la responsabilidad, la misma que lleva a muchos a exigir subsidios y ayudas del Estado en lugar de asumir compromisos propios.

Para revertir la tendencia, algunos caen en el error de pedirle al Estado incentivar la natalidad con subsidios y beneficios fiscales. Sin embargo, eso solo legitima su intervención en decisiones personales. Si hoy lo autorizamos para promover nacimientos, mañana podría hacer lo contrario e imponer sanciones a quienes tengan “demasiados” hijos, como ocurrió en China.

Otros creen que la solución es atraer inmigrantes jóvenes para sostener la economía. Puede aliviar el problema financiero, pero no el social: cuando seamos viejos y necesitemos cuidados, los inmigrantes no suplirán esa labor. Pensaba en esto al ver el caso de Gene Hackman, un actor legendario con fama y fortuna que pasó sus últimos años en aislamiento y murió en soledad. Tener hijos no garantiza compañía en la vejez, es cierto, pero abandonar la idea de familia sí aumenta el riesgo de un triste final.

Me preocupa mi vejez y la de mi generación. El llamado es a no ignorar lo esencial: recuperar la conciencia sobre el valor de la vida y la familia. De lo contrario nos quedaremos sin hijos, ni relevo, ni futuro.