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La paz total no es posible. Este sueño trae a colación el texto de Kant, La paz Perpetua. Inspirado en un grafiti, Kant introduce un mensaje profundamente escéptico: la paz perpetua entre las naciones únicamente se logrará en los cementerios, cuando los seres humanos estemos muertos.
Aumann, premio Nobel de economía en el 2005, retoma las ideas de Kant. Muestra que las guerras del mundo se han hecho a nombre de la paz. Y con este argumento se ha justificado la permanencia del conflicto. En su análisis de los juegos repetidos, Aumann concluye que los acuerdos que se habrían podido conseguir en el primer juego terminan siendo muy similares a los que finalmente se alcanzan en el último juego. El costo de esperar entre el primero y el último juego se expresa en miles o millones de muertos.
En otras palabras, la dinámica de la guerra se podría frenar, o evitar, si se lograra llegar a acuerdos relativamente tempranos. Esta afirmación supone que la solución final termina siendo muy similar a la que se hubiera logrado en el primer momento. Después de medio siglo de enfrentamientos con las Farc, en La Habana el acuerdo se centró en la reforma rural integral. Una meta razonable que se hubiera podido negociar desde hace 50 años.
Aunque la administración Petro ha propuesto el ideal de la paz total, los hechos están mostrando que a duras penas se pueden lograr acuerdos de paz parciales, reducidos a una región. Y, además, no existe ninguna garantía de que estos procesos vayan a garantizar que los logros alcanzados sean perpetuos.
Frente a la coca, hay tres posibilidades. Una es la aspersión con glifosato. La otra es la sustitución de cultivos finca a finca. Estos dos enfoques no han dado los resultados esperados. La producción de coca no disminuye y, además, el conflicto se agudiza.
La tercera alternativa es el desarrollo de proyectos agroindustriales exitosos que generen suficientes incentivos económicos para que los campesinos abandonen la producción de coca y la minería ilegal.
La transformación de las economías de guerra en economías prósperas no se logra con subsidios aislados, ni con la sustitución de cultivos en fincas específicas. En zonas como Cañón de Micay, Bajo Calima y Catatumbo es absolutamente necesario consolidar proyectos de desarrollo estratégicos. La economía de la coca o de la minería ilegal únicamente se puede reemplazar con desarrollos agroindustriales ambiciosos. No hay otra forma contrarrestar las actividades ilegales. En el caso del oro, el gran incentivo es la onza a US$3.100. Siendo realistas, no es posible competir con los ingresos derivados de la coca, o de la minería ilegal, sin alternativas productivas que sean tan atractivas, que lleven al abandono voluntario de las actividades ilegales.
Habrá que continuar luchando en el ámbito internacional para que algún día se acepte la coca y la marihuana. Sin duda, la legalización reducirá de manera sustantiva la intensidad del conflicto. Pero quizás no sea suficiente. No sobra recordar que el oro es un bien legal. Y, no obstante, alimenta dinámicas violentas. La lucha por la legalización de la coca es pertinente, pero escapa a las posibilidades de los gobiernos nacionales.
Volviendo a Aumann, las soluciones parciales, de naturaleza regional, pasan por proyectos económicos con perspectiva de mediano plazo. Este camino evita que el conflicto continúe avanzando. Los instrumentos puramente represivos han fracasado.