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Encontrar una pasión en la vida es uno de los aspectos fundamentales para lograr una existencia plena y satisfactoria. Las pasiones no solo nos motivan a levantarnos cada día, sino que también nos proporcionan un sentido de propósito y dirección. En una conversación reciente con unos amigos, surgió una anécdota: una amiga que practica artes marciales compartió cómo su dedicación a esta disciplina le había cambiado la vida.
Gracias a las artes marciales, adquirió una gran disciplina que le permitió estudiar en China y aprender otro idioma. Ahora, casi a sus 40 años, es profesora de idiomas y está considerando enseñar Kung Fu a otras personas
Encontrar una pasión es encontrar una llama interior que nos impulsa a ser mejores; En un mundo donde las presiones sociales, laborales y económicas nos empujan al desgaste, encontrar ese “para qué” en la vida puede marcar la diferencia entre sobrevivir y vivir plenamente.
Pero esa pasión, cuando está verdaderamente bien orientada, tiene casi siempre un componente espiritual. No se trata solo de hacer algo que nos gusta, sino de conectar esa actividad con un propósito más alto, con algo que trasciende el ego y se convierte en servicio, en entrega, en misión. En ese sentido, la relación con Dios se vuelve esencial.
Tener a Dios cerca no significa llevar una vida sin problemas; significa tener un sostén cuando el mundo parece un lugar imposible e incluso encontrar sentido en medio del dolor. Curiosamente, los santos de la Iglesia Católica, hombres y mujeres que vivieron en circunstancias adversas, que sufrieron persecuciones, incomprensiones y hasta el martirio, siempre se caracterizaron por una profunda alegría; No una alegría superficial, sino una que nacía de saber que sus vidas tenían sentido, que estaban en el camino correcto, cumpliendo su propósito y teniendo paz interior la cual no depende del éxito exterior, del dinero o del reconocimiento social. Es la certeza de que, incluso en medio de las dificultades, vale la pena seguir adelante.
Otra dimensión transformadora de vivir con pasión y con Dios es el ejercicio diario de la gratitud; ser agradecido es una actitud que cambia la perspectiva de la vida. En un viaje que realicé al Alto Perú, me sorprendí al descubrir que muchas personas apenas se bañaban no solo por el intenso frío de la región andina, sino porque una ducha caliente era un privilegio que no todos podían costear. Algo tan básico para nosotros en Occidente, como abrir una llave y tener agua caliente, allá era un lujo. A veces damos por sentado muchísimas bendiciones cotidianas. La gratitud nos despierta del letargo del “todo me lo merezco” y abre los ojos a valorar lo simple, lo cotidiano, lo esencial.
Y es que son muchos los motivos para estar agradecidos: la salud, el simple hecho de despertar cada mañana, tener una familia o incluso un amigo con quien conversar, una comida caliente sobre la mesa, una mente que piensa, etc. Cuando se cultiva -la gratitud, comenzamos a ver la vida con otros ojos; se nos revela que somos más ricos de lo que pensábamos. Y esa conciencia no solo nos hace más felices, sino más humildes, más generosos y, sobre todo, más conscientes de que nuestra vida -por difícil que sea- tiene razones para ser vivida con alegría.
No todos nacen sabiendo cuál es su pasión. A veces toma años descubrirla, y otras veces está justo al frente, ojalá todos nos tomáramos el tiempo de hacernos esa pregunta: ¿ya encontré mi pasión? Y más aún: ¿estoy caminando con Dios en ese camino? Porque cuando esas dos respuestas se cruzan, nace una vida más plena.