Analistas 02/04/2025

El neo-bandolerismo

Cuando Alberto Lleras asumió el primer gobierno del Frente Nacional, en medio del optimismo por el regreso de la democracia, muchos creyeron que la violencia cesaría de inmediato. Era una expectativa lógica. Al fin y al cabo, se suponía que el pacto de alternación pondría fin al baño de sangre que había sumido al país desde 1946.

La dictadura militar no lo había logrado, a pesar de las muy publicitadas desmovilizaciones de las guerrillas liberales en el Llano durante los primeros años de Rojas. De hecho, la violencia se intensificó cuando el general intentó una represión brutal de algunos focos guerrilleros en Villarrica, lo que a su vez exacerbó la violencia en el Tolima.

De las primeras cosas que hizo Lleras fue decretar una amnistía a las guerrillas y nombró una comisión para acelerar las desmovilizaciones. Esto resultó en un desmonte muy importante de las estructuras armadas creadas por liberales y conservadores para atacarse mutuamente. Sin embargo, aunque la intensidad y extensión del conflicto se redujo sustancialmente, este persistió focalizado y, en algunos lugares en la zona cafetera de la cordillera central, inclusive se aumentó con inesperada crueldad.

La desmovilización de las estructuras armadas no había sido completa. Los mandos y muchos seguidores se acogieron a la amnistía y regresaron a sus terruños, pero algunos jóvenes cuadros que había crecido en la matanza, los llamados “hijos de la violencia”, decidieron continuar en la vida del delito, asaltando caminos, robando ganados y asesinando sin mucho propósito. Se dieron nombres de protagonistas de radionovelas o que invocaban terror: Sangrenegra, Desquite, Tarzán, Capitán Veneno, General Mariachi, Charronegro, Siete Colores. Estos se empezaron a conocer colectivamente como los “bandoleros”.

El Gobierno no sabía muy bien qué hacer con ellos. Las fórmulas de pacificación tradicionales de los bienintencionados burócratas, que involucraban diálogos, entrega de tierras, y créditos agropecuarios, no parecían funcionar. A mediados de 1962 cuando los desmanes bandoleros eran cada vez más sangrientos el gobierno reaccionó de la mano del general Alberto Ruiz Novoa.

El Plan Laso fue una ofensiva cívico-militar de largo aliento (duró tres años) que involucraba acción social, recompensas, inteligencia y acción armada. Para 1965 la totalidad de los bandoleros estaban abatidos (menos uno, Tirofijo, que se fugó al amparo del Partido Comunista al Guayabero donde invernó por 20 años hasta que la coca le permitió salir del refugio).

Hay que reconocer que vivimos una nueva etapa de bandolerismo. Las actuales Bacrim, sin importar su nombre o sigla, son los herederos directos de Sangrenegra y Cía. El error esencial de la “Paz Total” es que ha querido darles categoría política a lo que son, esencialmente, criminales irredimibles.

El próximo gobierno deberá implementar el equivalente a su “Plan Laso” para devolverle la tranquilidad a los ciudadanos que están siendo víctimas de estos neo-bandoleros. Se pudo hacer con éxito hace 60 años. No hay ninguna razón para que no se pueda hacer de nuevo ahora.