Analistas 15/02/2025

El enigmático Augusto Rodríguez

Santiago Angel
La República Más
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Augusto Rodríguez es un personaje enigmático. Ha acompañado al presidente Gustavo Petro desde siempre. Lo ha protegido igual. Si hay alguien con autoridad en el Gobierno para cuestionar a Petro como lo hizo el director de la UNP diciéndole que “no le permito que compare a Bateman con Benedetti”, es él. Es la autoridad moral de la amistad y de ser la sombra de Petro con lealtad durante tantos años.

Sin embargo, en sus actuaciones en este Gobierno hay varias preguntas que debería contestar con claridad. Rodríguez fue la primera persona en hablar en detalle de un intento de financiación de Pitufo en 2022 pero no lo hizo en 2022, tampoco en 2023, ni en 2024. Y, mucho más grave, no lo hizo ante la Fiscalía con una denuncia formal hasta donde sabemos. Lo hizo de manera pública al cierre del Consejo de Ministros, que es uno de los peores errores de estrategia política que haya tenido cualquier Gobierno en los últimos años.

Y lo hizo como un arma contra Benedetti. Augusto ha sido por varios meses el hombre de las conspiraciones. Según varias fuentes consultadas para esta columna, es quien le ha dicho a Petro que su vida corre peligro por diversas amenazas en diferentes escenarios con algo de paranoia. Tuvo una guerra personal con Laura Sarabia, pero hasta ahora no se sabe cuál fue la razón fundamental. La primera dama, Verónica Alcocer, le tomó mucha distancia al punto de solicitar desde Presidencia todo el cambio de los escoltas de la UNP de su esquema de seguridad, como lo revelamos en EL COLOMBIANO. Hoy está claro que Augusto hace investigaciones privadas, nadie sabe con qué criterio, a quién, por qué, bajo qué órdenes, y con qué recursos.

Pero lo más grave hasta ahora ha sido lo de Pitufo. Desde el análisis de gobierno es imposible entender los movimientos de Rodríguez. Primero, tratándose hoy de un hombre con miles de hombres armados a su cargo, confesó que él mismo había investigado a Benedetti y se había dado cuenta de “sus artimañas para no dejarse capturar”. ¿Cuáles son esas artimañas y por qué no las ha denunciado? A Benedetti lo acusó de ser una especie de puente de Pitufo para infiltrar con recursos ilegales la campaña, pero al mismo tiempo dijo que no tenía pruebas contundentes.

Luego, dio detalles a varios medios de un supuesto encuentro de Xavier Vendrell y Pitufo en España en un evento del presidente pero tampoco entregó pruebas. Y, finalmente, publicó un extenso comunicado revelando cómo él estuvo a cargo de revisar esa operación de intento de financiación y de ordenarle a Vendrell que grabara la devolución. Ese comunicado largo de dos páginas enviado por chat a periodistas vino acompañado de una fotografía que él mismo le tomó a Benedetti y a Vendrell en Palacio. A propósito, en la Oficina de Comunicaciones de Palacio trabaja un hijo suyo, por lo que Rodríguez, es evidente, nunca ha perdido relevancia y poder en la Casa de Nariño. Hasta ahora.

¿Cómo es posible, señor director, que usted nunca hubiera denunciado a las autoridades semejante operación tratándose posiblemente de dineros provenientes del lavado de activos y el contrabando?

¿Por qué nunca habló de la financiación de Pitufo, ni de Vendrell, ni de Daniel García?

¿Por qué nunca le contó a las autoridades que había sido tan grave ese error que usted le había alertado al presidente y ordenaron a Vendrell devolver el efectivo grabando esa operación a escondidas?

¿Por qué no entregaron ese dinero en efectivo a las autoridades para denunciar un posible caso de financiación ilegal con lavado de activos?, ¿por qué contrataron independientemente a un hacker?, ¿de dónde salió ese dinero?

Que Rodríguez haya decidido revelar esta historia solo hasta la semana pasada interpreta un cálculo por una enemistad personal. Augusto demostró que es el hombre que usa la investigación privada y el uso del poder de la inteligencia para proteger, pero también para hacer daño a sus enemigos. Que peligro.

Ni Augusto Rodríguez, ni Armando Benedetti, ni Laura Sarabia deberían hacer parte del Gobierno. Sus guerras personales, las conspiraciones internas, el uso de recursos públicos, los negocios de sus familiares y el lobby en instituciones públicas, y los fantasmas de los secretos que los persiguen, a los tres, son una vergüenza para la administración pública en el país.